Una nube negra pende sobre las ciudades del corazón de China; los camiones circulan a toda mecha por carreteras recién asfaltadas cargados de carbón de las minas y de vigas de hierro procedentes de las fundiciones de la zona. Mientras, en los campos acaba de terminar la recolección de la guindilla y el algodón; dentro de dos semanas le toca el turno al arroz. Y en abril al ajo. Miles de campesinas se afanan ahora poniendo la semilla que impulsará un crecimiento, extraordinariamente lucrativo, de las exportaciones de productos alimenticios. China ha inundado Europa de mercancía hasta el punto de acaparar mercados como los del ajo o la miel. Pero las primeras voces de alarma han surgido ya por el nivel de contaminación de algunos de esos alimentos y la falta de controles adecuados. Hace unas semanas, escolares alemanes sufrieron diarreas y vómitos tras devorar unas fresas de Qufu, la patria de Confucio.
El país donde ya se cose nuestra ropa, se ensamblan nuestros teléfonos inteligentes y se fabrican los juguetes de nuestros niños se lanza ahora a convertirse en un importante proveedor de comida. El valor de sus exportaciones de productos alimenticios casi se ha duplicado entre 2005 y 2010, llegando a alcanzar los 41.000 millones de dólares. Como comentaba un experto del ramo, “China ha entrado en este mercado de forma asombrosamente rápida e impetuosa”.




















